2. FLACO, YO ESCRIBÍA DESDE ANTES.
Escribir es perder, es desnudarse, es poner la cara para que te golpeen, escribir es dejarse ir, caer, soltarse. Escribir es estar dispuesta a morir por nada, a no luchar. Y no vendré ahora con el cuento de que nosotras siempre tenemos un riesgo mayor, una pena mas grande, una otra frustración. El mundo no es para las mujeres un lugar fácil, ni seguro, pero tampoco para los pobres, los analfabetos, los indigenas, los sordomudos, los ancianos, los locos, los transexuales.
Desde que te conocí en aquella noche maldita, en ese lugar sin vergüenza, juré nunca entregarte nada por escrito. "Si logro escribirte -escribí una vez- sera para hacer de nuestra historia, un relato personal, de lo que pudo ser y no fue, o de lo que fue y no pudo ser". Un relato que me recuerde que tuve un hombre y que ese hombre no solo me enamoró, me sedujo, me penetró, sino que también me dejó perder y se escurrió por los desagües de mi alma, se evaporó...
Flaco, yo escribía desde antes, no diré que desde siempre, pero sí por lo menos, desde que llegué a vivir aquí. Recuerdo ese avión como si fuera ayer, vuelo AV 2421 Bogotá - Madrid - Barcelona, con billete de regreso para un año después.
-"Por si acaso"-, me dijo mi papá en el aeropuerto: -"cualquier cosa siempre estaremos aquí, en este hijueputa calor..."- Ay! mi papito, siempre intentando hacerme reír, pero que va... di la espalda y crucé hacia la puerta de embarque sin mirar atrás, con los ojos aguados aguantando las lágrimas, y mis jeans aguantando mi culo respingado de bailarina adolescente.
Detuve mi llanto con todas mis fuerzas, aunque las mujeres sí tuviéramos permitido llorar y digan que tenemos menos fuerzas. Seguramente lo hacía porque en aquel momento, no reconocía la ventaja que eso significaba. Llorar libera pero yo me aguanté, y con las lágrimas intentaba retener la vida, que se me quería escurrir por la cara, hasta reventarse en el asfalto, el duro pavimento de aquel destartalado aeropuerto. Yo aguanté, me volví fuerte intentando transformar el destino.
No quiero victimizarme más, bastante tengo conmigo misma. Si nunca te mostré mis escritos ni te entregué las cartas que redacté no fue porque tú por tu propia cuenta, ocuparas todo el espacio y te sintieras el amo del universo.
Yo misma te decía que eras mi dueño, mi talón de aquiles, mi calentador de bolis, mi chupacabras, mi pachuco encantado, mi dulcesito de alelí, mi arropilla, mi criptonita. Así, no eras tú el que me convencías, yo te abría las piernas y te dejaba entrar y salir como Pedro por su casa, como Fuad Chajib por los prostíbulos de Ciudad de Fiesta, luego de salir del Consejo Distrital. Te pedía además que me dieras órdenes, que me pidieras lo que quisieras, que me castigaras un poco, que me cachetearas las nalgas y el rostro.
Asi que no fuiste tú, iluso, fui yo. Que te creyeras escritor, poeta, filosofo, cineasta, empresario, modelo y el mejor polvo del universo, no fue lo que me detuvo a enseñarte mis escritos. Lo mío era, es y será un placer casi orgásmico el que me produce el fracazo. La sensación de fracazar me calienta el cuerpo, el alma, me endurece los pezones. Lo que me excita, creo, es la imposibilidad de lograr un texto a la altura de lo que me gusta leer.... cuando leo, que es casi nunca.
Y ahora estoy aqui, escribiendo, con miedo a que por casualidad o error termines descubriéndome, encontrándome, reconociéndome, porque aún no he aprendido cómo se vive sin ti, pero estoy en ello.
A veces quisiera acordarme de todas las películas vistas, repasar y nombrar todas las caciones escuchadas, hacer un inventario real de los libros terminados y recoger mis pasos entre los intentos realizados, entre los fracasos. Restregarme en elllos como la demostración del intento, de la posibilidad. Porque sentir que se fracasó puede ser la única forma de explicarnos que por ahi pasamos, que vivimos y algo disfrutamos. El fracaso como constancia de lo incompleto, de lo que pudo ser, del riesgo aspiracional de transformación, cuestión de método, ganar un poco. La fortuna de luchar por lo que queda, por lo que no estuvo, por aquello que queremos, por lo que vendrá.A veces el fracaso tiene nombre y apellido, unos ojos color manzana, y la belleza de todo lo que el futuro, puede llegar a contener.
Porque quizá fracasar es descubrir en las películas ya vistas, las canciones ya escuchadas, en los libros ya leídos... que también fui yo, la de los tiempos rotos, la de los cuentos cortos, la indecisa, la exigente, la malparida, la deshonesta, la incoherente, la indiferente. Como seguro te diría tu madre: -”una mujer inconveniente”-.
Quizá se trate de eso, flaco, de aceptar el fracaso como escritora, aquel al que la Mariona cobarde se resiste, aquel que se esconde tras notas mal redactadas en el móvil, corregidas por un software, desde la cabina de un avión que le permite, en plena oscuridad, desnudarse para poner en paz la mujer que es con la que me le gustaría haber sido. No tengo tu disciplina para esto, flaco, tu voluntad para convertir en mediocre literatura, las historias bonitas, que no te atreviste a tener.
Fracasar para escribir que también fui yo la indecisa, la loca, payasa, de carácter karaoke, la reina de la pista, la dueña de la noche, el centro de atracciones y miradas, la diosa coronada, la puta de babilonia, la mampana. La que decía buscar la paz mientras cometía locuras, la infiel, la desleal, la imperdonable, la arrecha, la cachonda, la autozaboteadora. La feminista que aprovechaba tus ronquidos para registrarte el celular, el Facebook, la billetera.
Seguramente nunca sabré escribir como lo hacía mi papá antes del secuestro, pero quizá lo haga toda la vida, solo para hacerme seguimiento, justo como tú lo haces, para reconocer en la frustracion, en la derrota de nuestra historia, el más bello experimento, el recuerdo inequívoco de que existió un esfuerzo, y hombre hermoso, que algún día lograré comprender.
Lo que sentí esta tarde no tiene nombre, ni lo hace un hombre. El dolor es innombrable a veces, se necesita fuerzas para expresarlo, para siquiera calmarlo, escribiéndolo. Me acabas de dejar sin fuerza. Voy en un metro que no se a dónde va, no me importaría llegar al final de la línea y quedarme sentada, esperando el regreso, recoger los pasos, perder mi mirada entre quienes leen. Hoy todos y todas parecen más felices que yo, más tranquilos y tranquilas. Quizá la felicidad sea solo eso, la ausencia de montañas rusas, de estos subidones y bajones tan horribles que me produces, estas mezclas tan malparidas que me generas, todo este vacío, la nada en la fragilidad. He tomado el metro porque si tomó el bus me vomito, te vomito, flaco.
Lo malo no fue haberte dado el ano, el culito, como dirías tu, eso fue lo bueno, desvirgar contigo lo que me quedaba virgen, darte eso que negé a otros. Lo malo no es el dolor en el cuerpo y la sensacion de burla, es la deslealtad. Lo escribiré literal, no literariamente porque para eso se necesitan una fuerza y un talento que no tengo.
Despues de darnos mutuamente por el culo y disfrutar como niños, te fuiste porque tenías prisa, siempre con tus cosas. Dejaste tu correo abierto en mi computador, con un mail que escribías a tu padre, el Viejo Rob, como lo llamabas. Te recomendaba que hicieras lo que quisieras, que una cana al aire no le hace daño a nadie, que vivieras y disfrutaras. Viejo verde, machista, asqueroso, homofobo, ignorante, claro que una cana al aire importa y duele, hasta el infinito, la confianza se rompe y no se restaura nunca mas, ni con tiempo ni con regalos, ni con palabras ni con acciones, la confianza se agota, se quiebra. Como intentar planchar una hoja de papel después que ha sido una bola.
Hoy me hiciste sentir como una mierda y como estoy jodidamente enamorada no se exactamente que decirte, ni que hacer. Me siento viviendo por accidente, llorando en este metro, sin poder agitar el esqueleto, ni bajarme en ninguna estación.
Odio el sol, odio las nubes, odio especialmente el atardecer. Odio ese atardencer que no tenía que suceder, ese espacio, tiempo, lugar, instante, paisaje. Ese momento que me hizo vulnerable, esas sonrisas de esos niños de aquella escuela pobre que me pusieron más tonta de lo normal.
Odio ese viaje a las montañas, esos parajes y caminos, odio ese vacío, tu ausencia en ese momento, odio ese tipo perfecto que se apareció de repente, odio esos días, ese olor a eucalipto, esa tierra mojada, esa lluvia delgada, esos picos nevados, sensación de levedad, de libertad, de alegría estúpida, ese destino, ese destierro, ese final.
Odio esa tristeza, esa posibilidad de no hacer nada por nosotros, la incapacidad de reconocernos y de perdonarnos. Odio mi odio, el rencor que generaste, la sed inconciente de venganza, ese autoodio, ese autosabotaje.
Odié tu cuerpo flacuchento, incapáz de follarme de pie.
Te odie esa semana por no estar presente, te odio ahora porque no puedo dejar de amarte.
Flaco bello, descubrí tu cuerpo hermoso cuando ya estaba adentro mío.
Tu pelo salvaje, mucho más largo y hermoso que el del promedio de honbres a mi alrededor. Ver desde abajo tu barbilla, tu boca hermosa. Sentir los pocos pelos de tu cara, al principio me hicieron recordar a Henry, cuando teníamos 16 años, -nunca me han gustado los hombres peludos- luego tu rostro se volvió mío, parte de mi paisaje diario, de un paisaje feliz e infinito. El paisaje de lo posible, el lugar de la confianza, una guarida para el alma.
Bello, te recuerdo bello y concentrado, llegando puntual para verme bailar. No te importaba que bailara con otro, confiabas en mí a veces mas que en ti mismo.
Bello, te descubrí bello y fuerte en aquel metro, en la línea azul, llegando a la parada Camp de l'Arpa, cuando aquellas dos zorras intentaron robarme y me defendiste como un macho cabrío. Me sentía cuidada a tu lado, no me importaba llorar, me protegías, me pechichabas, me consentías.
Recuerdo mi cara empapada en lágrimas luego de hablar con mi papá. Fue por esos días cuando la tos que nunca lo había abandonado, se convirtió en el fatídico diagnóstico. Fue perdiendo la voz poco a poco, cada vez podía durar menos al teléfono y a sentirle sufrir yo prefería hablar con mi mamá o hermana.
En aquellas ocasiones tu reemplazabas a mi papá, no eras lo mismo pero te me parecías mucho y en Santa Marta, en Miami, en Cadaqués, en Touluse, en París, en Venecia, en Roma, en Estambúl, en Málaga, en Sevilla, en Madrid, en Lisboa, en todos esos y en tantos otros lugares que recorríamos, encontraba refugio y amparo, cuando me dejaba caer sobre tu pecho y tú, me sobabas tiernamente, mi pelo enroscado.
En realidad nunca te vi feo, jamás podría comerme a un feo, no entiendo siquiera que haya gente capaz de acostarse con gente que no le gusta. Mi mamá hablaba poco, pero decía que el cuerpo es nuestro templo. Quizá por eso nunca consumí tabaco, ni mucho alcohol, mi unica droga eras tú, mi amor.
Siempre me pareciste guapo, precioso, de hecho. Tu nariz perfecta, tus labios pequeños, tiernos, dulces, tu pelo liso, largo, engajado hacia el final. Tu cuerpo delgado, imperfecto pero compacto, sin músculos y sin grasas, tu altura suficiente, tu culito.
Siempre me gustaste fisicamente pero definitivamente la atracción venía de otra parte. Sí, del movimiento de tu pelvis sobre mí, pero tambien de las maravillas recónditas de tu cerebro. Una atracción más fuerte y pura que venía revuelta entre tu palabrerío interminable, de tu mente delirante, inquieta, creativa, imaginativa, seductora, erotizada y erotizadora, perturbadora. Lo bonito tuyo era mucho más complejo y maravilloso que cualquier cara bonita. Tu seguridad al hablar, al soñar. Mi admiracion hacia ti se basaba en tu capacidad de superarte, de seguir hacia adelante, cuando el mundo te la ponía dificil.
Quiero escribirlo hoy para recordarlo siempre, quiero decirlo ahora y aquí, en voz alta aunque nadie me escuche, desde esta cama que acabas de dejar caliente, imperegnada para siempre con el perfume de tu cuerpo. Desde mis tripas, desde mi cuerpo húmedo, de amante de los martes.
Los Martes se han convertido en los días para recordar que hubo un proceso, un mundo que se detuvo y al que le ha costado volver a moverse.
Yo te amé con gran delirio, con pasión desenfrenada, mientras tú, hijo de puta, te reías del martirio, de mi pobre corazón. Y si yo te preguntaba, dónde habías estado anoche, tú simplemente me mentías, solamente te reías, destrozando mi ilusión. Te pedí que fueras responsable, honorable, un hombre bueno, sin necesidad de más. Me hubiese gustado llenarte todo, ser esa chica perfecta, esa niña impoluta, suficiente para ti. Pero no, tu siempre necesitabas algo más... un par de tetas mas, o las mismas pero más grandes.
Dueles en los sueños y en las nohes, los días de fiesta y cuando voy a comprar salmón. Y a veces pareciera que ni soy yo quien escribe ni estoy hablando de ti. Del Roberto perfecto que me hizo ver estrellas, mover mariposas, explotar.
Ay Robert, es martes y no llegas, no contestas, flaco, creo me perdiste del todo, que estás perdido... o seré yo?
Hacer de nuestra historia un relato personal, de lo que pudo ser y no fue, o de lo que fue y no pudo ser.
No hay comentarios:
Publicar un comentario