1. MARIONA, UNA MUJER JODIDA.
Eran las 12 de la noche pasadas cuando Andres entró por el portón del edificio. Saludó al portero alzando levemente la mano hacia la cámara de video desde el interior de la camioneta, como siempre lo había hecho, aunque desde que había vuelto no confiaba en ningún portero. Sintió vergüenza de clase. Solo cuando metió la llave en la casilla del piso 9A, al interior del ascensor, se dio cuenta que le temblaba la mano. Una vez en el apartamento pasó por la cocina y llenó hasta el tope un vaso con agua del dispensador automático de la nevera. No se puso hielo, pues aunque lo hacía siempre, no quería generar ruido esta vez. Pensando justamente en el ruido, en la misma cocina se quitó los zapatos, los dejó a un lado, caminó por el pasillo casi de puntillas y entró a la habitación de los dos más grandes amores de su vida. Marina y Mariona dormían arropadas con sus gigantes cobijas blancas, como dos ángeles. El aire acondicionado estaba en su máxima potencia. La lamparita de noche estaba encendida, así que la apagó no sin antes sentir la necesidad de darle un beso a sus hijas, como en las películas, pero se resistió, suponiendo que no era un buen momento para que se despertaran. Por quinta noche consecutiva los ojos se le humedecieron al quedarse mirándolas, pero nuevamente, sin dejar escurrir ni una lágrima, se dirigió a su habitación.
Abrió la puerta del cuarto intentando no temblar y tocó un botón del teléfono celular para alumbrar el camino hasta la cama. Una vez acostado, su esposa lo abrazó sin abrir los ojos mientras le dijo: -¡Quítate esa camisa, que huele a calle! y cierra la puerta del closet, que se van a salir los fantasmas.
Tal vez fue el mal aliento de su mujer a media noche, contaminado por los sueños que estaría teniendo, pero Andres sintió que ya no era el mismo, que esos últimos nueve meses lo habían cambiado para siempre. Tuvo unas extrañas ganas de huir de su propia casa y volvió el miedo, el pánico de hace tan solo dos semanas, mientras dos lágrimas silenciosas volvían por fin, a rodar por su rostro después de muchos días.
Ahí, mirando el techo, petrificado, hundido en su colchón, entre sus propios espantos, alucinaba viendo el cielo oscurecerse sobre sus captores y recordando de repente aquella terrible conversación que había tenido con su esposa y que misteriosamente nunca recordó durante el cautiverio:
- Por qué ya no escribes? - Le había preguntado ella.
- Porque no me duele nada.
- Si me fuera de tu vida, volverías a escribir?
- Sería lo único que podría hacer.
- Entonces este país, ha perdido otro escritor.
Aunque ya había pasado más de una semana desde su regreso, toda la familia parecía distraída, incapaces de retomar las conversaciones rutinarias. Suspiros y silencios se apoderaban de la cotidianidad llenandola de una transparente pero densa sensación de espesura. Fue durante una mañana cualquiera de esos días, mientras desayunaban, la primera vez que Andres pensó en el dinero que ya no había, con los ojos como platos, clavados en el soleado resplandor del edificio de enfrente, empezó a contar millones de pesos.
Sus dos hijas y su mujer sacaban la mirada del café con leche para buscarlo, pero él era incapaz de mirarlas a la cara, sentía una vergüenza espesa, asfixiante, desoladora, una pena que no podía expresar y que escondía en el fondo, un profundo miedo. Uno de los miedos más irracionales, reales y complejos. Sí, todo al tiempo, el más absurdo de todos los miedos, el miedo al futuro.
- Pá! ánimos, estamos muy felices de que ya estés aquí! - Le dijo Mariona con un tono de mujer adulta a pesar de sus 16 años recién cumplidos.
Andres se percató que sus hijas tenían el uniforme del colegio perfectamente planchado, como si todo ese horroroso tiempo no hubiese pasado nunca, entonces, el corazón se le arrugó y tomando fuerzas de donde no tenía les dijo: ¡Vamos! hoy las llevo yo.
Llegó al aeropuerto del Prat de Barcelona un domingo por la mañana con los ojos rojos, muerta del frío, el sueño y el susto, sin haber pegado el ojo en todo el viaje, recordando las caras de su madre, su padre y hermana despidiéndola e intentando mantener la compostura.
Alberto era un viejo empleado del papá que había salido de Colombia bajo la excusa de haberse enamorado de una española bastantes años mayor que él. Ahora estaba encargado y complacido de recoger a la joven con un papel con el nombre de Mariona escrito a mano.
Cuando ella se acercó, él no sabía si darle la mano, dos besos o un abrazo. "Benvinguda" - le dijo... pero ella no supo qué responder y mientras atravesaban el denso silencio en medio de un grupo de turistas ingleses, Alberto le preguntó, como por decir cualquier cosa:
-¿Qué tal las vainas por la Arenosa?-
-Un calor hijueputa...- y luego de dar esa respuesta, no le dirigió la palabra el resto del día.
Camino al carro, que ahora ella también aprendería a llamar coche, el helado frío del invierno le partió sus labios de negra, y cuando entraron, Alberto encendió la radio para escuchar a un tipo hablaba sobre Ronaldinho y Eto'o en una lengua que Mariona nunca había ecuchado antes. Sabía que hablaban de fútbol porque Henry Mario, su noviecito de turno, solo hablaba de eso. Era un enfermo por el tema que cuando se enteró que se tenía que ir a vivir a España luego del secuestro de su papá, le salió con que no se quejara, que en Barcelona estaba el mejor equipo de fútbol del mundo. Aquel día, ella solo quería un abrazo.
No dejaba de ser irónico que Andrés, a quien nunca le gustó el Carnaval, durante los días más angustiantes de su vida, escuchara las músicas del Joe Arroyo, del Grupo Niche y Oscar d' León como su mayor esperanza, mientras pareciera que vinieran de ultratumba. Él, que a veces decía que esa era música del demonio, y se encerraba a escuchar el Rock and Roll de los 60's, ahora se aferraba a esas voces afrocaribeñas a lo lejos, para corroborar que no lo habían vendido como a su propio ganado, que no lo habían sacado de la zona. -"Esto sigue siendo Sabanalarga"- se repetía hasta el infinito, intentando abrazarse sin éxito a los escasos rayos de sol, que tan ardientes y verticales, como solo pueden ser en ese pueblo maldito, atravesaban una pequeña rendija de barrotes oxidados a pocos centímetros de su cabeza.
Fueron los precarnavales y carnavales más largos y violentos de su vida, y los primeros que bailó solo, recordando las caras de su mujer y sus dos hijas, moviéndose casi sobre su propio eje, en el poco espacio que le quedaba, abrazado a su propio cuerpo cada vez más flaco y hediondo, gozando como cualquier carnavalero de cada instante perpetuo, mintiéndose, para no morir de aburrimiento y desesperación.
Duró en total 8 meses sin contacto físico con ningún ser humano y 3 meses bajo tierra, sintió las tres estaciones de siempre en esa región: culecalor, cipoteaguacero y jopoebrisa ahí enterrado, buscando siempre el cielo, quizá por eso nunca pudo volver a mirar hacia abajo desde el balcón de su apartamento en la 9na planta del Edificio Bilbao, al norte de Ciudad de Fiesta. Nunca más para abajo, desde ese apartamento estrato 6 que seria el primer y último lugar al que Marina y Mariona, llamarían casa, antes de irse para siempre del país.
Lo primero que le dije cuando la tuve en frente fue una mentira. Las mentiras, pensaba yo en esa época, eran útiles y necesarias para sobrevivir en un mundo falso y agresivo. Esta mentira, además de noble y sencilla, era fácil de reconocer y sobretodo, de perdonar. Un embuste sin más, ingenuo, puro, aprendido en las telenovelas y en las polvorientas calles de mi pueblo.
De hecho, más que una mentira en sí misma, era en realidad una pregunta mentirosa y tonta, tal vez por esto Mariona pensó que debía responder cualquier cosa igual de engañosa. O quizá nunca lo pensó porque se había puesto nerviosa con ese acento que no le encajaba con mis ojos rasgados y se esperó lo peor. Ese acento tan familiar, esa forma de convertir las eses en jota, de comerme las letras, ese acento tosco y al mismo tiempo musical, le tuvo que recordar el sabor del corozo, del mamón o del plátano maduro... ese acento tendría quizá los colores del atardecer del trópico, le sonaría a merengue, ¿quién sabe?, algo la descolocó.
-¿Cómo se llama la mujé májermosa desta fiejta?- Le pregunté descaradamente mientras le ofrecía un trago de mi copa, como galán de cine.
-Marina- Me respondió Mariona, sin casi mirarme, y no me lo aceptó.
Las mujeres desnudas en general son siempre hermosas. No importa si sus cuerpos son como los de las actrices, las deportistas o las vendedoras de corozo, mamón o plátano maduro del mercado central de Ciudad de Fiesta, por eso decirle que era la más hermosa de ese lugar, lleno de modelos de belleza y gente de la alta suciedad catalana, era mentir... o no, pero era una verdad a medias. Subjetiva, personal, incompleta, malintencionada quizá, pero seguro boba, hueca, superficial, como casi todas las mentiras.
Después de 8 meses ahí clavado, el olor a lluvia y a tierra mojada nunca más volvió al ser lo que era. Tiempo después de esos carnavales vino la peor parte. Unas lluvias interminables de gotas gordas que en un primer momento parecían una bendición y que rápidamente se convirtieron en pesadilla, cuando bordeando las paredes de roca, transformaron el suelo en un lodosal donde nada podía sostenerse. Así, con la humedad más intensa escarbando las fosas nasales de Andrés y el agua chorreando entre la maleza interna de esa tumba sin lápida ni ataúd, vinieron los insectos. Los mosquitos que tanto odiaba fueron lo de menos. Aparecieron arañas, cienpiés, orugas, abejas y toda clase de hormigas, chinches, pequeños gusanos, cucarrones y un par de cucarachas voladoras. Se trataba de una sauna infernal sin escapatoria, paradójicamente lleno de vida.
Entonces, gritó un par de veces por joder, con la certeza de que nadie le escucharía ni se mojaría por él:
-Déjenme hablar con mi mujer y ella les conseguirá el billeteeeee!-
Chillaba llorando hasta que le dolía la garganta, pero era como si le hablara a las cuatro paredes de barro, a las cucarachas o a la nada, o a todo, a un cielo encapotado, a una nube negra que de vez en cuando dejaba escapar un rayo.
Un enorme rayo que iluminaba la realidad pero que al poco tiempo lo ensordecía todo con un trueno espantoso que recordaba la más horrible de las soledades, la soledad del secuestrado. Luego vino la tos, y fue lo único que le quedó. Una tos seca, áspera, irritante y dolorosa que cuando se alivió un poco, después de varios días, quedó convertida en una alergia respiratoria que le daba una sensación de ahogo y que le volvería al menos una vez a la semana, hasta el último día de su vida.
Esa misma madrugada, en medio de ese extrañísimo lugar en el que aún no sabía moverme con claridad, quise decirle que era la mujer de mi vida, que había estado esperando por ella desde hacía cuatro años y tres meses, que sus gemidos estaban ahuyentando por fin y para siempre, todos los fantasmas de mi pasado. En especial, el recuerdo inmutable de aquella chica con la que aprendí todo sobre las montañas, las ruletas y las pajas rusas.
Ahora pienso que lo supe incluso antes, al inicio de esa misma noche cuando ella no me aceptó la copa ni un trago de la mía. Lo supe a pesar de verla con otro que podría haber sido yo pero que no era. Lo supe con mi flácida desnudes a cuestas. Lo supe así, sin más, como se reconocen las cosas simples y más hermosas de la vida.
Pero a pesar de esa claridad, no fue hasta muchos meses más tarde, justo después de haber discutido con ella más de veinte veces por cosas irrisorias, de haber pelado juntos cientos de plátanos verdes y maduros hasta encontrar fritar el patacón perfecto, de haberle propuesto negocios y de haber conocido a su madre por Skype, cuando entendí que era el momento de decírselo. Sucedió en París, después de perder dos veces el metro y caminar toda la noche con los zapatos empapados en medio del más crudo de los inviernos. Fue a la mañana siguiente, a las 11h53, cuando ambos abrimos ojos y por la ventana del hostal barato donde pernoctábamos, un grupo de niños y niñas de todos los colores saltaban felices bajo una tenue nevada.
-Levántate y salgamos, no podemos venir a Paris para perder el tiempo en la cama.- Me dijo Mariona con el tono de la madre que prepara una excursión durante meses.
-Amanecer contigo viendo nevar en París, nunca será perder el tiempo.- Le respondí con ese tono de poeta de pacotilla que a veces me salía y al ver que ella no decía un carajo, por fin un "te amo", le susurré.
Solo el tiempo podrá ordenar este relato, supongo, porque fue el tiempo y no el dolor o la alegría lo que me indicó el camino. La alegría es lo más parecido a la felicidad porque la felicidad es utopía. El tiempo fue mi aliado durante la sequía, durante esos primeros años de incertidumbre y efusividad al mismo tiempo. Todo pasaba rápido, pasaba fácil, enseñándome las ventajas de vivir entre cuatro estaciones y no entre tres. El tiempo, que ahora se me escurre entre las manos, liderando, proyectando, disfrutando, fue también mi peor enemigo durante las noches de ausencia y distancia. La distancia no se medía en kilómetros si no en tiempo. El tiempo que faltaba para el reencuentro, el tiempo nostálgico que se vuelve infinito. La esperanza pierde sentido para quien solo espera. En esos últimos tiempos, recuerdo, era muy importante la diferencia horaria, pero nosotros creíamos que eran los relojes del mundo los descuadrados, que nosotros estábamos bien. Esos fueron malos días y sin embargo, no hubo tiempo suficiente para borrar aquellas imágenes de bailes infinitos, de polvos alucinados, en funiculares sobre el cielo de Zaragoza. Fueron los tiempos de las carcajadas eternas, aquellos tiempos de aviones compartidos, de momentos invertidos.
En los tiempos en los que el tiempo pasaba a toda prisa, Mariona me mentía, que no me preocupara, me pedía, prometiéndome que siempre tendríamos más tiempo... mentirosa! En cambio, cuando el tiempo se estiraba, ella me recordaba que al menos podía moverme, caminar, trabajar, masturbarme y dormir acostado. No como aquellos tiempos en los que su padre casi no podía ni respirar, enterrado vivo, en cualquier monte perdido de Colombia.
Mucho tiempo pasó para que los ojos de Mariona se reencontraran con los míos después de la hecatombe. Quizá por eso los cuerpos, que saben mucho del paso del tiempo, no se reconocen ahora, como en aquellos mágicos momentos.
Si yo pudiera leer el futuro otro gallo cantaría. Otro gallo cantaría quizás, si existiera el destino. Pero el destino se construyó en esta historia como en todas, afortunada, desgraciada, a pesar o justamente gracias a mis propias necedades. Las casualidades no existen, dicen todos. Pero ¿cómo puede leer el futuro quien no es capaz de leer el presente? ¿cómo puede leer el presente un hombre enamorado?
Claro que me pareció extraño y triste que Mariona me armara semejante bochinhe en plenos Jardines de Luxemburgo, un sitio idílico para un paseo. Resulta fácil ahora pensar que tendría que haber puesto las cosas en su sitio, desde aquella misma tarde, incluso contemplar la posibilidad de arruinar el resto del viaje a París, retractarme de mi declaración amorosa, pero para el pobre Rober, -como me dice Lucho- embriagado como estaba en los excesos del romanticismo más cursi y melodramático, imaginar que ese berrinche infantil podría repetirse durante la década siguiente, cada dos o tres días, era verdaderamente inimaginable.
No obstabte, la misma Mariona me lo advertía con descaro, explicándome que ella era "una mujer jodida" y que venía así de fábrica, desde cuando su abuela: puta, bruja y esclava, la condenara con unas hierbas raras y una ternura infinta -mientras la bañaba en una ponchera de plástico azul- a combinar por el resto de sus dias con precisa equidad, dosis extremas de dulzura y erotismo.
Era por esa delgada línea que yo resbalaba en los Jardines de Luxemburgo y donde fuera, arrastrado ante esa equilibrista hipnótica, bailarina de bullerengue, champeta, mapalé y todo lo demás. Esa traicionera que después consiguió tantas otras cosas, conmigo y con muchos otros hombres. Era su belleza física, sin duda, lo que le permitía a Mariona y le permite, poner el universo a sus pies con un simple movimiento de cadera, era esa misma belleza Caribe y atrevida, la que no me permitía leer el futuro en aquella época ni ahora, cuando convertido en su amante de los martes, escribo textos que no publico en ninguna parte.
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