sábado, 30 de septiembre de 2017


1. MARIONA, UNA MUJER JODIDA.




Eran las 12 de la noche pasadas cuando Andres entró por el portón del edificio. Saludó al portero alzando levemente la mano hacia la cámara de video desde el interior de la camioneta, como siempre lo había hecho, aunque desde que había vuelto no confiaba en ningún portero. Sintió vergüenza de clase. Solo cuando metió la llave en la casilla del piso 9A, al interior del ascensor, se dio cuenta que le temblaba la mano. Una vez en el apartamento pasó por la cocina y llenó hasta el tope un vaso con agua del dispensador automático de la nevera. No se puso hielo, pues aunque lo hacía siempre, no quería generar ruido esta vez. Pensando justamente en el ruido, en la misma cocina se quitó los zapatos, los dejó a un lado, caminó por el pasillo casi de puntillas y entró a la habitación de los dos más grandes amores de su vida. Marina y Mariona dormían arropadas con sus gigantes cobijas blancas, como dos ángeles. El aire acondicionado estaba en su máxima potencia. La lamparita de noche estaba encendida, así que la apagó no sin antes sentir la necesidad de darle un beso a sus hijas, como en las películas, pero se resistió, suponiendo que no era un buen momento para que se despertaran. Por quinta noche consecutiva los ojos se le humedecieron al quedarse mirándolas, pero nuevamente, sin dejar escurrir ni una lágrima, se dirigió a su habitación.



Abrió la puerta del cuarto intentando no temblar y tocó un botón del teléfono celular para alumbrar el camino hasta la cama. Una vez acostado, su esposa lo abrazó sin abrir los ojos mientras le dijo: -¡Quítate esa camisa, que huele a calle! y cierra la puerta del closet, que se van a salir los fantasmas.
Tal vez fue el mal aliento de su mujer a media noche, contaminado por los sueños que estaría teniendo, pero Andres sintió que ya no era el mismo, que esos últimos nueve meses lo habían cambiado para siempre. Tuvo unas extrañas ganas de huir de su propia casa y volvió el miedo, el pánico de hace tan solo dos semanas, mientras dos lágrimas silenciosas volvían por fin, a rodar por su rostro después de muchos días.
Ahí, mirando el techo, petrificado, hundido en su colchón, entre sus propios espantos, alucinaba viendo el cielo oscurecerse sobre sus captores y recordando de repente aquella terrible conversación que había tenido con su esposa y que misteriosamente nunca recordó durante el cautiverio:


- Por qué ya no escribes? - Le había preguntado ella.
- Porque no me duele nada.
- Si me fuera de tu vida, volverías a escribir?
- Sería lo único que podría hacer.
- Entonces este país, ha perdido otro escritor.




Aunque ya había pasado más de una semana desde su regreso, toda la familia parecía distraída, incapaces de retomar las conversaciones rutinarias. Suspiros y silencios se apoderaban de la cotidianidad llenandola de una transparente pero densa sensación de espesura. Fue durante una mañana cualquiera de esos días, mientras desayunaban, la primera vez que Andres pensó en el dinero que ya no había, con los ojos como platos, clavados en el soleado resplandor del edificio de enfrente, empezó a contar millones de pesos.
Sus dos hijas y su mujer sacaban la mirada del café con leche para buscarlo, pero él era incapaz de mirarlas a la cara, sentía una vergüenza espesa, asfixiante, desoladora, una pena que no podía expresar y que escondía en el fondo, un profundo miedo. Uno de los miedos más irracionales, reales y complejos. Sí, todo al tiempo, el más absurdo de todos los miedos, el miedo al futuro. 



- Pá! ánimos, estamos muy felices de que ya estés aquí! - Le dijo Mariona con un tono de mujer adulta a pesar de sus 16 años recién cumplidos. 

Andres se percató que sus hijas tenían el uniforme del colegio perfectamente planchado, como si todo ese horroroso tiempo no hubiese pasado nunca, entonces, el corazón se le arrugó y tomando fuerzas de donde no tenía les dijo: ¡Vamos! hoy las llevo yo.


Llegó al aeropuerto del Prat de Barcelona un domingo por la mañana con los ojos rojos, muerta del frío, el sueño y el susto, sin haber pegado el ojo en todo el viaje, recordando las caras de su madre, su padre y hermana despidiéndola e intentando mantener la compostura.
Alberto era un viejo empleado del papá que había salido de Colombia bajo la excusa de haberse enamorado de una española bastantes años mayor que él. Ahora estaba encargado y complacido de recoger a la joven con un papel con el nombre de Mariona escrito a mano. 


Cuando ella se acercó, él no sabía si darle la mano, dos besos o un abrazo. "Benvinguda" - le dijo... pero ella no supo qué responder y mientras atravesaban el denso silencio en medio de un grupo de turistas ingleses, Alberto le preguntó, como por decir cualquier cosa:

-¿Qué tal las vainas por la Arenosa?- 
-Un calor hijueputa...- y luego de dar esa respuesta, no le dirigió la palabra el resto del día.
Camino al carro, que ahora ella también aprendería a llamar coche, el helado frío del invierno le partió sus labios de negra, y cuando entraron, Alberto encendió la radio para escuchar a un tipo hablaba sobre Ronaldinho y Eto'o en una lengua que Mariona nunca había ecuchado antes. Sabía que hablaban de fútbol porque Henry Mario, su noviecito de turno, solo hablaba de eso. Era un enfermo por el tema que cuando se enteró que se tenía que ir a vivir a España luego del secuestro de su papá, le salió con que no se quejara, que en Barcelona estaba el mejor equipo de fútbol del mundo. Aquel día, ella solo quería un abrazo.


No dejaba de ser irónico que Andrés, a quien nunca le gustó el Carnaval, durante los días más angustiantes de su vida, escuchara las músicas del Joe Arroyo, del Grupo Niche y Oscar d' León como su mayor esperanza, mientras pareciera que vinieran de ultratumba. Él, que a veces decía que esa era música del demonio, y se encerraba a escuchar el Rock and Roll de los 60's, ahora se aferraba a esas voces afrocaribeñas a lo lejos, para corroborar que no lo habían vendido como a su propio ganado, que no lo habían sacado de la zona. -"Esto sigue siendo Sabanalarga"- se repetía hasta el infinito, intentando abrazarse sin éxito a los escasos rayos de sol, que tan ardientes y verticales, como solo pueden ser en ese pueblo maldito, atravesaban una pequeña rendija de barrotes oxidados a pocos centímetros de su cabeza.

Fueron los precarnavales y carnavales más largos y violentos de su vida, y los primeros que bailó solo, recordando las caras de su mujer y sus dos hijas, moviéndose casi sobre su propio eje, en el poco espacio que le quedaba, abrazado a su propio cuerpo cada vez más flaco y hediondo, gozando como cualquier carnavalero de cada instante perpetuo, mintiéndose, para no morir de aburrimiento y desesperación.
Duró en total 8 meses sin contacto físico con ningún ser humano y 3 meses bajo tierra, sintió las tres estaciones de siempre en esa región: culecalor, cipoteaguacero y jopoebrisa ahí enterrado, buscando siempre el cielo, quizá por eso nunca pudo volver a mirar hacia abajo desde el balcón de su apartamento en la 9na planta del Edificio Bilbao, al norte de Ciudad de Fiesta. Nunca más para abajo, desde ese apartamento estrato 6 que seria el primer y último lugar al que Marina y Mariona, llamarían casa, antes de irse para siempre del país.


Lo primero que le dije cuando la tuve en frente fue una mentira. Las mentiras, pensaba yo en esa época, eran útiles y necesarias para sobrevivir en un mundo falso y agresivo. Esta mentira, además de noble y sencilla, era fácil de reconocer y sobretodo, de perdonar. Un embuste sin más, ingenuo, puro, aprendido en las telenovelas y en las polvorientas calles de mi pueblo.
De hecho, más que una mentira en sí misma, era en realidad una pregunta mentirosa y tonta, tal vez por esto Mariona pensó que debía responder cualquier cosa igual de engañosa. O quizá nunca lo pensó porque se había puesto nerviosa con ese acento que no le encajaba con mis ojos rasgados y se esperó lo peor. Ese acento tan familiar, esa forma de convertir las eses en jota, de comerme las letras, ese acento tosco y al mismo tiempo musical, le tuvo que recordar el sabor del corozo, del mamón o del plátano maduro... ese acento tendría quizá los colores del atardecer del trópico, le sonaría a merengue, ¿quién sabe?, algo la descolocó.

-¿Cómo se llama la mujé májermosa desta fiejta?- Le pregunté descaradamente mientras le ofrecía un trago de mi copa, como galán de cine.
-Marina- Me respondió Mariona, sin casi mirarme, y no me lo aceptó.

Las mujeres desnudas en general son siempre hermosas. No importa si sus cuerpos son como los de las actrices, las deportistas o las vendedoras de corozo, mamón o plátano maduro del mercado central de Ciudad de Fiesta, por eso decirle que era la más hermosa de ese lugar, lleno de modelos de belleza y gente de la alta suciedad catalana, era mentir... o no, pero era una verdad a medias. Subjetiva, personal, incompleta, malintencionada quizá, pero seguro boba, hueca, superficial, como casi todas las mentiras. 


Después de 8 meses ahí clavado, el olor a lluvia y a tierra mojada nunca más volvió al ser lo que era. Tiempo después de esos carnavales vino la peor parte. Unas lluvias interminables de gotas gordas que en un primer momento parecían una bendición y que rápidamente se convirtieron en pesadilla, cuando bordeando las paredes de roca, transformaron el suelo en un lodosal donde nada podía sostenerse. Así, con la humedad más intensa escarbando las fosas nasales de Andrés y el agua chorreando entre la maleza interna de esa tumba sin lápida ni ataúd, vinieron los insectos. Los mosquitos que tanto odiaba fueron lo de menos. Aparecieron arañas, cienpiés, orugas, abejas y toda clase de hormigas, chinches, pequeños gusanos, cucarrones y un par de cucarachas voladoras. Se trataba de una sauna infernal sin escapatoria, paradójicamente lleno de vida.
Entonces, gritó un par de veces por joder, con la certeza de que nadie le escucharía ni se mojaría por él:
-Déjenme hablar con mi mujer y ella les conseguirá el billeteeeee!-
Chillaba llorando hasta que le dolía la garganta, pero era como si le hablara a las cuatro paredes de barro, a las cucarachas o a la nada, o a todo, a un cielo encapotado, a una nube negra que de vez en cuando dejaba escapar un rayo.
Un enorme rayo que iluminaba la realidad pero que al poco tiempo lo ensordecía todo con un trueno espantoso que recordaba la más horrible de las soledades, la soledad del secuestrado. Luego vino la tos, y fue lo único que le quedó. Una tos seca, áspera, irritante y dolorosa que cuando se alivió un poco, después de varios días, quedó convertida en una alergia respiratoria que le daba una sensación de ahogo y que le volvería al menos una vez a la semana, hasta el último día de su vida.


Esa misma madrugada, en medio de ese extrañísimo lugar en el que aún no sabía moverme con claridad, quise decirle que era la mujer de mi vida, que había estado esperando por ella desde hacía cuatro años y tres meses, que sus gemidos estaban ahuyentando por fin y para siempre, todos los fantasmas de mi pasado. En especial, el recuerdo inmutable de aquella chica  con la que aprendí todo sobre las montañas, las ruletas y las pajas rusas.
Ahora pienso que lo supe incluso antes, al inicio de esa misma noche cuando ella no me aceptó la copa ni un trago de la mía. Lo supe a pesar de verla con otro que podría haber sido yo pero que no era. Lo supe con mi flácida desnudes a cuestas. Lo supe así, sin más, como se reconocen las cosas simples y más hermosas de la vida.
Pero a pesar de esa claridad, no fue hasta muchos meses más tarde, justo después de haber discutido con ella más de veinte veces por cosas irrisorias, de haber pelado juntos cientos de plátanos verdes y maduros hasta encontrar fritar el patacón perfecto, de haberle propuesto negocios y de haber conocido a su madre por Skype, cuando entendí que era el momento de decírselo. Sucedió en París, después de perder dos veces el metro y caminar toda la noche con los zapatos empapados en medio del más crudo de los inviernos. Fue a la mañana siguiente, a las 11h53, cuando ambos abrimos ojos y por la ventana del hostal barato donde pernoctábamos, un grupo de niños y niñas de todos los colores saltaban felices bajo una tenue nevada. 
-Levántate y salgamos, no podemos venir a Paris para perder el tiempo en la cama.- Me dijo Mariona con el tono de la madre que prepara una excursión durante meses.
-Amanecer contigo viendo nevar en París, nunca será perder el tiempo.- Le respondí con ese tono de poeta de pacotilla que a veces me salía y al ver que ella no decía un carajo, por fin un "te amo", le susurré.


Solo el tiempo podrá ordenar este relato, supongo, porque fue el tiempo y no el dolor o la alegría lo que me indicó el camino. La alegría es lo más parecido a la felicidad porque la felicidad es utopía. El tiempo fue mi aliado durante la sequía, durante esos primeros años de incertidumbre y efusividad al mismo tiempo. Todo pasaba rápido, pasaba fácil, enseñándome las ventajas de vivir entre cuatro estaciones y no entre tres. El tiempo, que ahora se me escurre entre las manos, liderando, proyectando, disfrutando, fue también mi peor enemigo durante las noches de ausencia y distancia. La distancia no se medía en kilómetros si no en tiempo. El tiempo que faltaba para el reencuentro, el tiempo nostálgico que se vuelve infinito. La esperanza pierde sentido para quien solo espera. En esos últimos tiempos, recuerdo, era muy importante la diferencia horaria, pero nosotros creíamos que eran los relojes del mundo los descuadrados, que nosotros estábamos bien. Esos fueron malos días y sin embargo, no hubo tiempo suficiente para borrar aquellas imágenes de bailes infinitos, de polvos alucinados, en funiculares sobre el cielo de Zaragoza. Fueron los tiempos de las carcajadas eternas, aquellos tiempos de aviones compartidos, de momentos invertidos. 

En los tiempos en los que el tiempo pasaba a toda prisa, Mariona me mentía, que no me preocupara, me pedía, prometiéndome que siempre tendríamos más tiempo... mentirosa! En cambio, cuando el tiempo se estiraba, ella me recordaba que al menos podía moverme, caminar, trabajar, masturbarme y dormir acostado. No como aquellos tiempos en los que su padre casi no podía ni respirar, enterrado vivo, en cualquier monte perdido de Colombia.

Mucho tiempo pasó para que los ojos de Mariona se reencontraran con los míos después de la hecatombe. Quizá por eso los cuerpos, que saben mucho del paso del tiempo, no se reconocen ahora, como en aquellos mágicos momentos.


Si yo pudiera leer el futuro otro gallo cantaría. Otro gallo cantaría quizás, si existiera el destino. Pero el destino se construyó en esta historia como en todas, afortunada, desgraciada, a pesar o justamente gracias a mis propias necedades. Las casualidades no existen, dicen todos. Pero ¿cómo puede leer el futuro quien no es capaz de leer el presente? ¿cómo puede leer el presente un hombre enamorado? 
Claro que me pareció extraño y triste que Mariona me armara semejante bochinhe en plenos Jardines de Luxemburgo, un sitio idílico para un paseo. Resulta fácil ahora pensar que tendría que haber puesto las cosas en su sitio, desde aquella misma tarde, incluso contemplar la posibilidad de arruinar el resto del viaje a París, retractarme de mi declaración amorosa, pero para el pobre Rober, -como me dice Lucho- embriagado como estaba en los excesos del romanticismo más cursi y melodramático, imaginar que ese berrinche infantil podría repetirse durante la década siguiente, cada dos o tres días, era verdaderamente inimaginable.
No obstabte, la misma Mariona me lo advertía con descaro, explicándome que ella era "una mujer jodida" y que venía así de fábrica, desde cuando su abuela: puta, bruja y esclava, la condenara con unas hierbas raras y una ternura infinta -mientras la bañaba en una ponchera de plástico azul- a combinar por el resto de sus dias con precisa equidad, dosis extremas de dulzura y erotismo.
Era por esa delgada línea que yo resbalaba en los Jardines de Luxemburgo y donde fuera, arrastrado ante esa equilibrista hipnótica, bailarina de bullerengue, champeta, mapalé y todo lo demás. Esa traicionera que después consiguió tantas otras cosas, conmigo y con muchos otros hombres. Era su belleza física, sin duda, lo que le permitía a Mariona y le permite, poner el universo a sus pies con un simple movimiento de cadera, era esa misma belleza Caribe y atrevida, la que no me permitía leer el futuro en aquella época ni ahora, cuando convertido en su amante de los martes, escribo textos que no publico en ninguna parte.

lunes, 7 de agosto de 2017

2. FLACO, YO ESCRIBÍA DESDE ANTES.

Escribir es perder, es desnudarse, es poner la cara para que te golpeen, escribir es dejarse ir, caer, soltarse. Escribir es estar dispuesta a morir por nada, a no luchar. Y no vendré ahora con el cuento de que nosotras siempre tenemos un riesgo mayor, una pena mas grande, una otra frustración. El mundo no es para las mujeres un lugar fácil, ni seguro, pero tampoco para los pobres, los analfabetos, los indigenas, los sordomudos, los ancianos, los locos, los transexuales.
Desde que te conocí en aquella noche maldita, en ese lugar sin vergüenza, juré nunca entregarte nada por escrito. "Si logro escribirte -escribí una vez- sera para hacer de nuestra historia, un relato personal, de lo que pudo ser y no fue, o de lo que fue y no pudo ser". Un relato que me recuerde que tuve un hombre y que ese hombre no solo me enamoró, me sedujo, me penetró, sino que también me dejó perder y se escurrió por los desagües de mi alma, se evaporó...
Flaco, yo escribía desde antes, no diré que desde siempre, pero sí por lo menos, desde que llegué a vivir aquí. Recuerdo ese avión como si fuera ayer, vuelo AV 2421 Bogotá - Madrid - Barcelona, con billete de regreso para un año después.
-"Por si acaso"-, me dijo mi papá en el aeropuerto: -"cualquier cosa siempre estaremos aquí, en este hijueputa calor..."- Ay! mi papito, siempre intentando hacerme reír, pero que va... di la espalda y crucé hacia la puerta de embarque sin mirar atrás, con los ojos aguados aguantando las lágrimas, y mis jeans aguantando mi culo respingado de bailarina adolescente.
Detuve mi llanto con todas mis fuerzas, aunque las mujeres sí tuviéramos permitido llorar y digan que tenemos menos fuerzas. Seguramente lo hacía porque en aquel momento, no reconocía la ventaja que eso significaba. Llorar libera pero yo me aguanté, y con las lágrimas intentaba retener la vida, que se me quería escurrir por la cara, hasta reventarse en el asfalto, el duro pavimento de aquel destartalado aeropuerto. Yo aguanté, me volví fuerte intentando transformar el destino.




No quiero victimizarme más, bastante tengo conmigo misma. Si nunca te mostré mis escritos ni te entregué las cartas que redacté no fue porque tú por tu propia cuenta, ocuparas todo el espacio y te sintieras el amo del universo.
Yo misma te decía que eras mi dueño, mi talón de aquiles, mi calentador de bolis, mi chupacabras, mi pachuco encantado, mi dulcesito de alelí, mi arropilla, mi criptonita. Así, no eras tú el que me convencías, yo te abría las piernas y te dejaba entrar y salir como Pedro por su casa, como Fuad Chajib por los prostíbulos de Ciudad de Fiesta, luego de salir del Consejo Distrital. Te pedía además que me dieras órdenes, que me pidieras lo que quisieras, que me castigaras un poco, que me cachetearas las nalgas y el rostro.

Asi que no fuiste tú, iluso, fui yo. Que te creyeras escritor, poeta, filosofo, cineasta, empresario, modelo y el mejor polvo del universo, no fue lo que me detuvo a enseñarte mis escritos. Lo mío era, es y será un placer casi orgásmico el que me produce el fracazo. La sensación de fracazar me calienta el cuerpo, el alma, me endurece los pezones. Lo que me excita, creo, es la imposibilidad de lograr un texto a la altura de lo que me gusta leer.... cuando leo, que es casi nunca.
Y ahora estoy aqui, escribiendo, con miedo a que por casualidad o error termines descubriéndome, encontrándome, reconociéndome, porque aún no he aprendido cómo se vive sin ti, pero estoy en ello.




A veces quisiera acordarme de todas las películas vistas, repasar y nombrar todas las caciones escuchadas, hacer un inventario real de los libros terminados y recoger mis pasos entre los intentos realizados, entre los fracasos. Restregarme en elllos como la demostración del intento, de la posibilidad. Porque sentir que se fracasó puede ser la única forma de explicarnos que por ahi pasamos, que vivimos y algo disfrutamos. El fracaso como constancia de lo incompleto, de lo que pudo ser, del riesgo aspiracional de transformación, cuestión de método, ganar un poco. La fortuna de luchar por lo que queda, por lo que no estuvo, por aquello que queremos, por lo que vendrá.A veces el fracaso tiene nombre y apellido, unos ojos color manzana, y la belleza de todo lo que el futuro, puede llegar a contener.
Porque quizá fracasar es descubrir en las películas ya vistas, las canciones ya escuchadas, en los libros ya leídos... que también fui yo, la de los tiempos rotos, la de los cuentos cortos, la indecisa, la exigente, la malparida, la deshonesta, la incoherente, la indiferente. Como seguro te diría tu madre: -”una mujer inconveniente”-.
Quizá se trate de eso, flaco, de aceptar el fracaso como escritora, aquel al que la Mariona cobarde se resiste, aquel que se esconde tras notas mal redactadas en el móvil, corregidas por un software, desde la cabina de un avión que le permite, en plena oscuridad, desnudarse para poner en paz la mujer que es con la que me le gustaría haber sido. No tengo tu disciplina para esto, flaco, tu voluntad para convertir en mediocre literatura, las historias bonitas, que no te atreviste a tener.
Fracasar para escribir que también fui yo la indecisa, la loca, payasa, de carácter karaoke, la reina de la pista, la dueña de la noche, el centro de atracciones y miradas, la diosa coronada, la puta de babilonia, la mampana. La que decía buscar la paz mientras cometía locuras, la infiel, la desleal, la imperdonable, la arrecha, la cachonda, la autozaboteadora. La feminista que aprovechaba tus ronquidos para registrarte el celular, el Facebook, la billetera.
Seguramente nunca sabré escribir como lo hacía mi papá antes del secuestro, pero quizá lo haga toda la vida, solo para hacerme seguimiento, justo como tú lo haces, para reconocer en la frustracion, en la derrota de nuestra historia, el más bello experimento, el recuerdo inequívoco de que existió un esfuerzo, y hombre hermoso, que algún día lograré comprender.




Lo que sentí esta tarde no tiene nombre, ni lo hace un hombre. El dolor es innombrable a veces, se necesita fuerzas para expresarlo, para siquiera calmarlo, escribiéndolo. Me acabas de dejar sin fuerza. Voy en un metro que no se a dónde va, no me importaría llegar al final de la línea y quedarme sentada, esperando el regreso, recoger los pasos, perder mi mirada entre quienes leen. Hoy todos y todas parecen más felices que yo, más tranquilos y tranquilas. Quizá la felicidad sea solo eso, la ausencia de montañas rusas, de estos subidones y bajones tan horribles que me produces, estas mezclas tan malparidas que me generas, todo este vacío, la nada en la fragilidad. He tomado el metro porque si tomó el bus me vomito, te vomito, flaco.
Lo malo no fue haberte dado el ano, el culito, como dirías tu, eso fue lo bueno, desvirgar contigo lo que me quedaba virgen, darte eso que negé a otros. Lo malo no es el dolor en el cuerpo y la sensacion de burla, es la deslealtad. Lo escribiré literal, no literariamente porque para eso se necesitan una fuerza y un talento que no tengo.
Despues de darnos mutuamente por el culo y disfrutar como niños, te fuiste porque tenías prisa, siempre con tus cosas. Dejaste tu correo abierto en mi computador, con un mail que escribías a tu padre, el Viejo Rob, como lo llamabas. Te recomendaba que hicieras lo que quisieras, que una cana al aire no le hace daño a nadie, que vivieras y disfrutaras. Viejo verde, machista, asqueroso, homofobo, ignorante, claro que una cana al aire importa y duele, hasta el infinito, la confianza se rompe y no se restaura nunca mas, ni con tiempo ni con regalos, ni con palabras ni con acciones, la confianza se agota, se quiebra. Como intentar planchar una hoja de papel después que ha sido una bola.
Hoy me hiciste sentir como una mierda y como estoy jodidamente enamorada no se exactamente que decirte, ni que hacer. Me siento viviendo por accidente, llorando en este metro, sin poder agitar el esqueleto, ni bajarme en ninguna estación.




Odio el sol, odio las nubes, odio especialmente el atardecer. Odio ese atardencer que no tenía que suceder, ese espacio, tiempo, lugar, instante, paisaje. Ese momento que me hizo vulnerable, esas sonrisas de esos niños de aquella escuela pobre que me pusieron más tonta de lo normal.
Odio ese viaje a las montañas, esos parajes y caminos, odio ese vacío, tu ausencia en ese momento, odio ese tipo perfecto que se apareció de repente, odio esos días, ese olor a eucalipto, esa tierra mojada, esa lluvia delgada, esos picos nevados, sensación de levedad, de libertad, de alegría estúpida, ese destino, ese destierro, ese final.
Odio esa tristeza, esa posibilidad de no hacer nada por nosotros, la incapacidad de reconocernos y de perdonarnos. Odio mi odio, el rencor que generaste, la sed inconciente de venganza, ese autoodio, ese autosabotaje.
Odié tu cuerpo flacuchento, incapáz de follarme de pie.
Te odie esa semana por no estar presente, te odio ahora porque no puedo dejar de amarte.




Flaco bello, descubrí tu cuerpo hermoso cuando ya estaba adentro mío.
Tu pelo salvaje, mucho más largo y hermoso que el del promedio de honbres a mi alrededor. Ver desde abajo tu barbilla, tu boca hermosa. Sentir los pocos pelos de tu cara, al principio me hicieron recordar a Henry, cuando teníamos 16 años, -nunca me han gustado los hombres peludos- luego tu rostro se volvió mío, parte de mi paisaje diario, de un paisaje feliz e infinito. El paisaje de lo posible, el lugar de la confianza, una guarida para el alma.
Bello, te recuerdo bello y concentrado, llegando puntual para verme bailar. No te importaba que bailara con otro, confiabas en mí a veces mas que en ti mismo.
Bello, te descubrí bello y fuerte en aquel metro, en la línea azul, llegando a la parada Camp de l'Arpa, cuando aquellas dos zorras intentaron robarme y me defendiste como un macho cabrío. Me sentía cuidada a tu lado, no me importaba llorar, me protegías, me pechichabas, me consentías.
Recuerdo mi cara empapada en lágrimas luego de hablar con mi papá. Fue por esos días cuando la tos que nunca lo había abandonado, se convirtió en el fatídico diagnóstico. Fue perdiendo la voz poco a poco, cada vez podía durar menos al teléfono y a sentirle sufrir yo prefería hablar con mi mamá o hermana.
En aquellas ocasiones tu reemplazabas a mi papá, no eras lo mismo pero te me parecías mucho y en Santa Marta, en Miami, en Cadaqués, en Touluse, en París, en Venecia, en Roma, en Estambúl, en Málaga, en Sevilla, en Madrid, en Lisboa, en todos esos y en tantos otros lugares que recorríamos, encontraba refugio y amparo, cuando me dejaba caer sobre tu pecho y tú, me sobabas tiernamente, mi pelo enroscado.




En realidad nunca te vi feo, jamás podría comerme a un feo, no entiendo siquiera que haya gente capaz de acostarse con gente que no le gusta. Mi mamá hablaba poco, pero decía que el cuerpo es nuestro templo. Quizá por eso nunca consumí tabaco, ni mucho alcohol, mi unica droga eras tú, mi amor.
Siempre me pareciste guapo, precioso, de hecho. Tu nariz perfecta, tus labios pequeños, tiernos, dulces, tu pelo liso, largo, engajado hacia el final. Tu cuerpo delgado, imperfecto pero compacto, sin músculos y sin grasas, tu altura suficiente, tu culito.
Siempre me gustaste fisicamente pero definitivamente la atracción venía de otra parte. Sí, del movimiento de tu pelvis sobre mí, pero tambien de las maravillas recónditas de tu cerebro. Una atracción más fuerte y pura que venía revuelta entre tu palabrerío interminable, de tu mente delirante, inquieta, creativa, imaginativa, seductora, erotizada y erotizadora, perturbadora. Lo bonito tuyo era mucho más complejo y maravilloso que cualquier cara bonita. Tu seguridad al hablar, al soñar. Mi admiracion hacia ti se basaba en tu capacidad de superarte, de seguir hacia adelante, cuando el mundo te la ponía dificil.
Quiero escribirlo hoy para recordarlo siempre, quiero decirlo ahora y aquí, en voz alta aunque nadie me escuche, desde esta cama que acabas de dejar caliente, imperegnada para siempre con el perfume de tu cuerpo. Desde mis tripas, desde mi cuerpo húmedo, de amante de los martes.




Los Martes se han convertido en los días para recordar que hubo un proceso, un mundo que se detuvo y al que le ha costado volver a moverse.
Yo te amé con gran delirio, con pasión desenfrenada, mientras tú, hijo de puta, te reías del martirio, de mi pobre corazón. Y si yo te preguntaba, dónde habías estado anoche, tú simplemente me mentías, solamente te reías, destrozando mi ilusión. Te pedí que fueras responsable, honorable, un hombre bueno, sin necesidad de más. Me hubiese gustado llenarte todo, ser esa chica perfecta, esa niña impoluta, suficiente para ti. Pero no, tu siempre necesitabas algo más... un par de tetas mas, o las mismas pero más grandes.
Dueles en los sueños y en las nohes, los días de fiesta y cuando voy a comprar salmón. Y a veces pareciera que ni soy yo quien escribe ni estoy hablando de ti. Del Roberto perfecto que me hizo ver estrellas, mover mariposas, explotar.
Ay Robert, es martes y no llegas, no contestas, flaco, creo me perdiste del todo, que estás perdido... o seré yo?
Hacer de nuestra historia un relato personal, de lo que pudo ser y no fue, o de lo que fue y no pudo ser.